¿Controlar o gestionar?

¿Controlar o gestionar?

Quiero controlar mi emoción, necesito controlar mi horario, no tengo control con la comida!

Estas frases me las encuentro seguido en el espacio terapéutico.

La sensación de falta de control puede generar ansiedad o incomodidad y cuando todo está muy controlado nos puede dar pavor introducir cambios en nuestra vida por miedo al desequilibrio. Vivir en esta polaridad de control o descontrol nos genera pues ansiedad, miedo, poca flexibilidad y nos limita a evolucionar.

¿Qué tal si probamos a cambiar la intención de controlar por la de gestionar? Cuando gestionamos una situación tenemos la posibilidad de realizar una valoración inicial de cuáles son los recursos que necesitamos (tiempo, habilidades, materiales, asistencia etc.) A partir de esta valoración nos podemos disponer con varios escenarios posibles y vamos a intentar tener en cuenta todas esas posibilidades. No hablo de quedarnos estancadas en todo lo que podría ir mal sino ser conscientes de que pueden pasar muchas cosas y como no se pueden controlar todas esas variables lo que sí puedo hacer es gestionar los recursos que tengo a favor de aquello que necesito que suceda.

Una aproximación a eso que necesitamos es suficiente. Es importante tener esto en cuenta porque cuando tenemos expectativas lo que ocurre es que nos imaginamos con lujo de detalles aquello que creemos: es lo mejor que nos puede ocurrir, o lo peor y cuando la vida nos trae sorpresas que no se corresponden con nuestras proyecciones devienen la frustración, la rabia y la tristeza.

Gestionar implica utilizar la ecuanimidad como compañera inseparable.

Acostumbrarse a no hacerle caso solamente a la emoción o a la mente o al síntoma del cuerpo sino escuchar el diálogo que esos tres aspectos: mente, cuerpo y emoción. Aprendiendo a escuchar estos lenguajes y tenerlos en cuenta nos llevará a resolver con calma, a pensar con un criterio dentro del cual nos sintamos cómodas, porque es el nuestro, porque lo hemos analizado, sentido y accionado.

Soltar la necesidad rígida de control nos permite tratarnos con más amabilidad, el control es demasiado exigente y hace que en ocasiones nos maltratemos con frases como “siempre haces lo mismo”, “otra vez has llegado tarde” “No les ha gustado y piensan que eres……” Cuando gestionamos entendemos que hay recursos disponibles y otros que aún nos falta encontrar o mejorar o calibrar. Entendemos pues que el proceso es un camino lleno de posibilidades y que cuando aparecen sorpresas no siempre quiere decir que estamos destinadas al descontrol sino que puede ser un medio para descubrir algo nuevo y que simplemente no habíamos puesto el foco allí.

Aprender a tratarnos con amor y amabilidad va desterrando la necesidad de control porque el miedo también va disipando.

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