Cuántas veces nos vemos envueltas en un bucle de ganar una guerra, de una competencia con otros o con una misma. Cuántas veces hacemos cosas, (o dejamos de hacerlas), para que el otro no gane, no piense que ganó o no vaya a creer, ni por un solo instante, que puede sentir orgullo plantando la bandera de la conquista en su mini batallita. 

En ese planteamiento mismo el único que pierde es uno, es una. 

Paz interna

Decidir que hacer y qué no hacer desde la referencia de lo que nos brinda paz interna. De poder ser flexibles en nuestras decisiones respetando lo que necesitamos independientemente de si a nuestra mente/ego le parece bien o no. Esa es la lucha ganada porque lo que no perdemos es nuestra energía vital. Lo que conservamos es nuestra coherencia interna, nuestro respeto a esa brújula que escucha tanto al cuerpo como a nuestra intuición. 

Las batallas que libramos en el afuera son espejos de los conflictos que no podemos resolver en nuestro fuero interno. Muchas veces porque “lo queremos todo” queremos que los demás estén contentos, salirnos con la nuestra, no dejar de ser “la buena hija”, “La buena madre”, “la buena esposa” o el rol que te esté viniendo en este momento a la cabeza. 

Queremos que nuestra vida muestre exactamente lo que nuestra mente moldeó en su fantasía sin el consentimiento de nuestro cuerpo y nuestras emociones (los pobres haciendo malabares para complacerla). Queremos que nuestra realidad sea inflexible a los acontecimientos de la vida misma. Queremos ser felices y plenos con la base de la fantasía. Y claro; el sueño se rompe, la expectativa se desdibuja, el hechizo se evapora. 

Abandonar las expectativas, soltar las guerras perdidas, caminar desde la curiosidad de lo que puede ser sin tenerle tanto miedo al misterio de la vida. Dejar que las personas/situaciones tomen su rumbo y nosotras tomar el nuestro. Desde el respeto a nuestras necesidades. Desde la sensatez de ajustar nuestra expectativa. Desde la desobediencia a tanta dictadura de la mente.